Durante años caminé perdida entre el ruido, el vacío y la necesidad desesperada de no sentir. Creí que la soledad era mi destino y que el alcohol era mi único alivio. Pero cuando la negación ya no pudo sostenerme, la mano amorosa de mi Poder Superior —a través de Alcohólicos Anónimos— me devolvió un lugar en el mundo. Hoy sé que la verdadera transformación comenzó el día en que descubrí que servir es la forma más pura de amar… y de mantenerme viva.
Siempre me sentí sola, incomprendida, abandonada por mis seres queridos, rechazada por la sociedad. Sentía que no pertenecía a ningún lugar, que me faltaba amor… Quizás por eso buscaba siempre rodearme de personas, mantener ruido permanente en mi casa para no escuchar mis propios pensamientos ni mis emociones. Silenciaba mi conciencia intentando opacar el dolor por medio del trabajo, el estudio, las fiestas, el alcohol, las drogas, el sexo… cualquier cosa que me sacara de mi realidad.
El alcohol, mi fiel compañero, me otorgaba la felicidad y el alivio que
creía merecer después de una vida de sufrimiento, entrega y sacrificio. Era la
recompensa que yo misma me daba por tener que caminar aquel sendero pedregoso
que consideraba era mi vida. Era mi luz en medio de la oscuridad. Poco entendía
entonces que era él mismo el creador de esa oscuridad que me envolvía, que en
lugar de afianzar mis amistades las alejaba, y que, en vez de hacerme mejor
persona, poco a poco me destruía.
Después de muchos fondos, negligencia y una eterna negación, la mano de
mi Poder Superior —usando la vara de Alcohólicos Anónimos— logró sacarme de ese
hueco profundo, de paredes lisas y resbalosas, en el que me encontraba. Me
brindó, con su misericordia, no una simple tabla de salvación, sino toda la
divina providencia. Alcohólicos Anónimos me salvó la vida, me permitió
construir el paraíso que hoy es mi existencia y me dio un propósito bajo el
cual vivir: servir.
Aprendí que el verdadero alivio no está en recibir, sino en dar. Que el
vacío que antes intentaba llenar con ruido, personas o placeres solo podía
llenarse con amor en acción. En el servicio encontré sentido, y en cada gesto
de ayuda descubrí un reflejo del amor de mi Poder Superior.
Al principio no entendía qué significaba realmente “trabajar con los
demás”. Pensaba que era solo acompañar a alguien a una reunión o contestar el
teléfono cuando una compañera pedía ayuda. Pero poco a poco comprendí que el
servicio empieza mucho antes: con una sonrisa sincera, con un café compartido,
con escuchar sin juzgar, con ofrecer tiempo y corazón. Cada llamada, cada
reunión, cada conversación con una recién llegada se ha convertido en un
recordatorio de mi propia recuperación. Cuando extiendo mi mano a otra mujer
que sufre, recuerdo de dónde vengo y agradezco el milagro de estar sobria hoy.
A veces pienso que ellas me salvan a mí más de lo que yo puedo salvarlas a
ellas.
El servicio me ha devuelto la pertenencia que tanto busqué. Me ha
mostrado que no estoy sola, que formo parte de algo más grande: una hermandad
donde el amor no se mendiga, sino que se comparte. Ser madrina, coordinar una
reunión, servir el café, abrir la puerta, leer, escuchar… cada pequeño acto es
una oración silenciosa, una manera de decirle a mi Poder Superior: “Gracias por
esta nueva vida. Gracias por dejarme ser útil.”
A través del servicio he aprendido a mirar a las demás con compasión,
sin sentirme superior ni inferior a nadie. He aprendido que cada una carga su
propio pasado, su dolor y sus luchas, y que el simple hecho de poder acompañar
a otra mujer en su proceso es un privilegio sagrado. He visto cómo una palabra
de aliento, un abrazo o una mirada de comprensión pueden encender una chispa de
esperanza en quien pensaba que ya no había salida. Es en esos momentos cuando
siento que mi Poder Superior actúa a través de mí, y entiendo que el propósito
de haber vivido tanto dolor fue poder tender la mano a quien hoy camina el
mismo sendero.
El servicio también me ha enseñado humildad. No siempre es cómodo ni
brillante. A veces implica barrer el salón después de la reunión, preparar el
café sin que nadie lo note, escuchar en silencio cuando mi ego quiere hablar, o
aceptar que no tengo todas las respuestas. Pero es precisamente ahí, en esas
pequeñas acciones invisibles, donde he encontrado la verdadera grandeza del
programa: servir sin esperar reconocimiento, amar sin condiciones, ayudar sin
medir.
Hoy entiendo que la soledad que antes me asfixiaba se ha transformado en
silencio interior, en serenidad. Ya no huyo del ruido de mis pensamientos,
porque sé que no estoy sola: Él camina conmigo, y me ha regalado hermanas en el
camino. Mujeres valientes, honestas, que me enseñan cada día con su ejemplo que
la sobriedad es un regalo que se cuida compartiéndolo.
Al mirar atrás, comprendo que cada caída, cada lágrima y cada error me
prepararon para este momento. El servicio no solo me mantiene sobria: me
mantiene viva, presente, agradecida. Hoy mi vida tiene un propósito que
trasciende mis miedos. Soy parte de una cadena de amor y esperanza que me une a
otras almas en busca de la misma luz que un día me fue concedida.
En el servicio encontré mi libertad, mi propósito y mi paz. Y cada día,
al despertar, le pido a mi Poder Superior que me permita seguir siendo un
instrumento de Su voluntad, porque sé que mientras sirva con amor, jamás
volveré a estar sola.